El bueno, el guapo y el malo (asesor fiscal)

Hoy me he reincorporado a mi puesto de trabajo, después de unas “merecidas” vacaciones, y me he propuesto poner al día el blog de nuestra página web.

Este primer artículo de la nueva temporada, voy a utilizarlo a “título particular” como “terapia personal” en un día como hoy en el cual estoy sufriendo el denominado “síndrome post-vacacional”, y para informar al lector de los entresijos de mi profesión como asesor fiscal.

En la localidad donde resido (Marbella), si le das una “patada” a una piedra, encuentras una asesoría fiscal o gestoría administrativa (que son la misma cosa), también encuentras a un abogado (muchos creen que saben de todo, como si fuéramos seudo-dioses, eso se debe a la buena política de marketing que duran muchos años se ha realizado a favor de este colectivo), lo cual en principio me genera “orgullo” por cuanto hablamos de profesionales que se dedican a la misma actividad que llevo ejerciendo casi 20 años, pero igualmente me general “inquietud” por cuanto desconozco si la mayoría de clientes son conocedores del buen hacer de estos profesionales que le gestionan sus finanzas y sus relaciones tributarias.

En la rama de la asesoría fiscal, como en cualquier otra rama profesional, nos encontramos con buenos asesores fiscales-tributarios-contables y malos asesores, pero por alguna razón de “magia inexplicable” que no llego a entender bien, los clientes no se enteran difícilmente logran conocer esa faceta, en muchas ocasiones la elección del asesor fiscal viene determinado de manera casi exclusiva en el hecho de que sea o no SIMPÁTICO.

Suele ser habitual que lleguen a mis manos asuntos “tributarios” gestionados anteriormente por otra asesoría (contabilidad, impuestos, contratos, recursos…etc), que me sorprenden mucho por las “meteduras de pata” o mala praxis profesional, del antiguo asesor , y cuando le pregunto al cliente como puede ser que hasta la fecha no hayan detectado nada, casi siempre me responden que tenían plena confianza en dicho asesor, pero que nunca había supervisado ni “auditado” la gestión del mismo, sólo cuando es conocedor de una SANCIÓN ADMINISTRATIVA, han sido conocedores de esa mala praxis profesional. Muchas veces esa “metedura de pata” no se debe a que el dueño de la gestoria sea un mal asesor, sino en la delegación de trabajo o funciones efectuada, esto es, mientras que el cliente cree que sus asuntos son gestionados por “menganito” titular de la asesoría, internamente es llevado a cabo exclusivamente por “marianito” el aprendiz de turno, en otras ocasiones es por el titular de la asesoría, todo hay que decirlo.

Yo entiendo que un buen asesor fiscal es aquel que informa al contribuyente de todas las alternativas fiscales existentes, para pagar “lo justo” a la Agencia Tributaria, un mal asesoramiento puede dar lugar a que el contribuyente pague más de la cuenta (y no ser conocedor de ello ), por ello, el contribuyente, debe estar informado con regularidad de las alternativas fiscales existentes, y existir una comunicación fluida entre asesor-cliente.

Una de las frases que suelo repetir a todos mis clientes, es motivarles a que transcurrido cierto tiempo acudan a un experto independiente para que “auditen” o valoren el trabajo que realizo como asesor fiscal, porque cuatro ojos ven más que dos, y porque es la única vía para que dispongan del  mejor asesoramiento fiscal.

Otro consejo que suelo darles, es que obliguen a sus asesores fiscales a que le informan por escrito de cuantas dudas puedan surgirle, que no se fíen de las contestaciones verbales, y que le requieran a su asesor (una vez al año mínimos) de un informe sobre su situación tributaria, a los efectos de poder realizar una buena planificación fiscal.

La profesión de asesor fiscal  “ NO ESTÁ REGULADA LEGALMENTE”, es decir, no es necesario disponer de título universitario, ni tampoco estar colegiado. Esta es la razón por la cual muchos asesores (entre los cuales me incluyo), cuando nos preguntan cuál es nuestra profesión, respondemos que somos abogados y/o economistas.

El intrusismo en esta profesión es “atroz”, y por mi experiencia profesional detecto la existencia de tres perfiles de asesores:

  1. El bueno.
  2. El guapo.
  3. El malo

El bueno.

Suele corresponderse con un profesional que dispone de título universitario, que ha trabajado durante algunos años en un despacho profesional (bufete de abogados y/o asesoría fiscal) y que dispone de cierto “reconocimiento” entre compañeros de profesión, de trato directo e inmediato, y que trata de informar por escrito de las dudas de los clientes.

Muchas personas creen identificar “al bueno” con aquel que dispone de referencias de otros clientes que le han aconsejado. Por mi experiencia profesional, considero que “las referencias” sólo deben ser consideras como “indiciarias” de un posible “buen asesor”, circunstancia que debe ser complementada con otras cualidades que el cliente debe exigirle, de ahí la importancia del control del trabajo del asesor, tal como he indicado antes, para evitar topar “con un guapo- malo

El guapo.

La principal característica de esta categoría de asesores es que suele ser una persona “guapa”, con gancho, un comercial puro y duro, los clientes suelen escogerlos por las referencias que le han dado de él, y por su “labia”.

Suele corresponderse con un profesional que dispone de título universitario (los hay sin titulación universitaria), que ha trabajado durante algunos años en un despacho profesional (los hay que no han realizado prácticas) y que dispone de cierto “reconocimiento” entre los clientes (en ocasiones también entre compañeros de profesión).

Dentro de ellos, puedes encontrar al guapo-bueno, y al guapo malo, es difícil diferenciarlos, por lo que recomiendo al cliente que no se fíe nunca de las apariencias, y sea “precavido”

El malo.

Suele corresponderse con un profesional que NO dispone de título universitario (aunque los hay con título), que NO ha ejercido de prácticas durante algunos años en un despacho profesional (los hay que sí han trabajado en otras asesorías) y que podría tener de cierto “reconocimiento” entre los clientes (NUNCA entre compañeros de profesión).

Como podéis comprobar, nos es fácil encontrar un buen asesor fiscal, por ello recomiendo una serie de pautas que puedan ayudar a minimizar “el riesgo” de toparse con uno “asesor malo”.

  1. Debéis estar informados de la formación académica del asesor fiscal (y de sus subordinados). En muchas ocasiones el trabajo contable efectuado en una asesoría fiscal es realizado por personal “no cualificado”.
  2.  Delimitar claramente en el contrato de prestación de servicios firmado entre las partes, cuál es el trabajo que el asesor realizará (presente y futuro) y cual NO.
  1.  Debéis de estar informados si el asesor dispone de un seguro de responsabilidad civil.
  1.   Recomiendo que el cliente “audite” el trabajo del asesor cada dos años mínimo.
  1. Todo buen asesor, debería siempre tratar de responder por “escrito” de cualquier duda de índole tributaria que le sea planteada por el cliente. Yo no soy partidario de la política de “gestos” y de reuniones “cara a cara” entre cliente y asesor, si previamente no existe un informe previo “por escrito” que pueda ser estudiado por el cliente, Las palabras no escritas se las lleva el viento, y luego esdifícil reclamar al asesor.

Gustavo Adolfo Murillo González.

Abogado y Economista.